“Después de observar a los mosquitos durante muchos años (o más bien, durante muchas noches), he llegado a la conclusión de que estos seres deben de tener muy arraigado el instinto suicida, una necesidad incontrolada de autodestrucción que hace que al ver la muerte de su predecesor (en realidad de su predecesora, pues son las hembras del mosquito las que nos atacan y transmiten la malaria), en vez de renunciar, de perder las ganas de guerrear, todo lo contrario, claramente excitados –o sea excitadas- y desesperadamente decididos –o sea decididas-, se lanzan uno tras otro –una tras otra- a una muerte inmediata e inevitable.” (pag. 72)
“Es un hecho que lo que más nos impacta de la gente que encontramos en países como Ruanda es un profundo provincialismo en su manera de pensar. Y es que nuestro mundo, aparentemente global, a la hora de la verdad no es sino un conglomerado de cientos de miles de provincias de lo más diverso y que no tienen ningún punto de encuentro. El viaje por el mundo es un peregrinar de una provincia a otra, y cada una de ellas es una estrella solitaria que brilla sólo para sí misma. Para la mayoría de la gente que vive allí, el mundo real se acaba en el umbral de su casa, en el límite de su aldea o, todo lo más, en la frontera de su valle. El mundo situado más allá no es real ni importante, ni tan siquiera necesario, mientras que el que se tiene a mano, el que se abarca con la vista, aumenta ante nuestros ojos hasta alcanzar el tamaño de un cosmos tan inmenso que nos impide ver todo lo demás. “ (pag. 184)
Uno de los mejores libros que he leído últimamente. SIN DUDA.